Safa
02-ago-2006, 02:01
EL RITUAL DE LA RUTINA
Como si fuera poco, esa noche me desperté llorando, soñé mi vida, mis pensamientos e intenciones, fueron tan reales y absorbentes, que ese no fue un sueño, fue una pesadilla, fue el ritual de la rutina. Todo empezaba como cualquiera de mis días: estrepitosamente con un ruido intenso y un quejido desgarrador de mi madre vomitando en la cubeta que sabiamente dejé al lado de su cama. Como el cuarto de mi madre es amplio en el caben 2 camas, una tan vieja, usada, corroída y maloliente como la otra, lo bueno es que solo en eso nos parecemos mi madre y yo: en las camas. Ya acostumbrada a este hecho me levante a secarle los labios y limpiar el balde, esa es una de las formas mas desagradables que puede empezar un día: limpiando vomito ajeno, pero no me quejo porque aunque lo hiciera no ganaría nada, alguien tiene que hacerlo y si no lo hago yo se que nadie lo hará y no puedo dejar morir así a mi madre tan sola e inútil, ¿o si podré? Cada mañana, cuando en pijamas y con los pies descalzos salgo al jardín a limpiar el balde es cuando me pregunto si podría dejarla morir así, si es que sin cargo de conciencia pudiera irme y olvidarla, porque hay ciertas personas que no puedes intentar hacer nada mas con ellas, solo olvidarlas y no porque no se merezcan un perdón o una mirada de lástima y consuelo, sino porque traen con ellas recuerdos tan desgarradores que lo mejor es dejarlas en el pasado, enterradas en la vieja rutina o en una fría tumba, ese lugar donde diario deseo que esté mi madre. Al regresar al cuarto la veo tendida, tan indefensa, carcomida por los años con su expresión inerte, inmóvil, esperando la muerte y es entonces cuando se que morir así sería lo mejor para ella, que no sufriría, que estaría en paz y es entonces en ese momento cuando me aferro a su vida, porque no deseo que la última imagen que guarde de mi madre sea muriendo en paz, porque se que después de todo ella tiene que sufrir, tiene que lamentarse por todo el daño que causó y provoca, necesito verla agonizar y pedir piedad, pero para que este momento llegue sería indispensable que la cuide alrededor de 2 o 3 años mas y no puedo invertir tanto tiempo de mi vida en su agonía, sería en caro precio para un tentador espectáculo.
En lo que resta de la mañana me hago cargo tanto de los constantes vómitos de mamá, como de la casa en general: barro, trapeo, sacudo, hago la comida y voy por las compras, este es el único momento del día donde puedo hasta creer una ilusoria libertad, sentimiento que se ve destrozado al llegar a la casa. Ese día en la tienda fue cuando vi mi salvación, la manera ideal de acelerar el proceso de agonía y muerte de mi madre: veneno para ratas, el letal talio acético, era sencillo y demasiado bueno para creerlo, la solución a mi problema llegó sin buscarla. En la parte trasera de la caja de veneno venían las instrucciones para el asesinato “Al abrir y manipular esta caja hágalo con las precauciones necesarias. Deje al alcance de la víctima una porción de comida la cual contenga un poco de este veneno. En caso de intoxicación consulte al médico de emergencia. No se deje al alcance de los niños”. Era perfecto, así que junto con las compras de costumbre adquirí el veneno. Caminé por la calle más feliz que en años, llegue a la casa cantando por ese sentimiento de gratitud que extrañamente invadía mi cuerpo, gratitud a Dios supongo, por darle respuesta a el problema de mi agonía. Entre a la casa, acomode las compras e hice la comida, un sabroso y sano caldo de pollo sazonado con talio acético, ese día no me preparé nada extra de comer, supongo que la felicidad llenaba mi interior, puse el caldo en una pequeña charola y me encamine a llevársela a mi madre, al llegar al cuarto, por primera vez en meses mi madre no estaba en su cama, no podía entender que era lo que pasaba, ¿Por qué no estaba ahí?, la busqué en lugares tan absurdos como debajo de las cobijas y fue entonces cuando me dirigí al baño y ahí estaba, dentro de la tina, ahogada, inerte, en paz. Empecé a llorar porque no la vi agonizar , porque sabia que murió rápido, porque su expresión era de quietud y tranquilidad, esos ojos que no puedo olvidar.
Como si fuera poco, esa noche me desperté llorando y rompiendo la rutina me levante para ver si mi madre se encontraba bien y la vi ahí, tendida en su cama, tan indefensa. Al amanecer le seque los labios y limpie el balde de vómito con una gran sonrisa en la cara porque ahora se como acelerar al proceso de agonía y muerte de mi madre.
Como si fuera poco, esa noche me desperté llorando, soñé mi vida, mis pensamientos e intenciones, fueron tan reales y absorbentes, que ese no fue un sueño, fue una pesadilla, fue el ritual de la rutina. Todo empezaba como cualquiera de mis días: estrepitosamente con un ruido intenso y un quejido desgarrador de mi madre vomitando en la cubeta que sabiamente dejé al lado de su cama. Como el cuarto de mi madre es amplio en el caben 2 camas, una tan vieja, usada, corroída y maloliente como la otra, lo bueno es que solo en eso nos parecemos mi madre y yo: en las camas. Ya acostumbrada a este hecho me levante a secarle los labios y limpiar el balde, esa es una de las formas mas desagradables que puede empezar un día: limpiando vomito ajeno, pero no me quejo porque aunque lo hiciera no ganaría nada, alguien tiene que hacerlo y si no lo hago yo se que nadie lo hará y no puedo dejar morir así a mi madre tan sola e inútil, ¿o si podré? Cada mañana, cuando en pijamas y con los pies descalzos salgo al jardín a limpiar el balde es cuando me pregunto si podría dejarla morir así, si es que sin cargo de conciencia pudiera irme y olvidarla, porque hay ciertas personas que no puedes intentar hacer nada mas con ellas, solo olvidarlas y no porque no se merezcan un perdón o una mirada de lástima y consuelo, sino porque traen con ellas recuerdos tan desgarradores que lo mejor es dejarlas en el pasado, enterradas en la vieja rutina o en una fría tumba, ese lugar donde diario deseo que esté mi madre. Al regresar al cuarto la veo tendida, tan indefensa, carcomida por los años con su expresión inerte, inmóvil, esperando la muerte y es entonces cuando se que morir así sería lo mejor para ella, que no sufriría, que estaría en paz y es entonces en ese momento cuando me aferro a su vida, porque no deseo que la última imagen que guarde de mi madre sea muriendo en paz, porque se que después de todo ella tiene que sufrir, tiene que lamentarse por todo el daño que causó y provoca, necesito verla agonizar y pedir piedad, pero para que este momento llegue sería indispensable que la cuide alrededor de 2 o 3 años mas y no puedo invertir tanto tiempo de mi vida en su agonía, sería en caro precio para un tentador espectáculo.
En lo que resta de la mañana me hago cargo tanto de los constantes vómitos de mamá, como de la casa en general: barro, trapeo, sacudo, hago la comida y voy por las compras, este es el único momento del día donde puedo hasta creer una ilusoria libertad, sentimiento que se ve destrozado al llegar a la casa. Ese día en la tienda fue cuando vi mi salvación, la manera ideal de acelerar el proceso de agonía y muerte de mi madre: veneno para ratas, el letal talio acético, era sencillo y demasiado bueno para creerlo, la solución a mi problema llegó sin buscarla. En la parte trasera de la caja de veneno venían las instrucciones para el asesinato “Al abrir y manipular esta caja hágalo con las precauciones necesarias. Deje al alcance de la víctima una porción de comida la cual contenga un poco de este veneno. En caso de intoxicación consulte al médico de emergencia. No se deje al alcance de los niños”. Era perfecto, así que junto con las compras de costumbre adquirí el veneno. Caminé por la calle más feliz que en años, llegue a la casa cantando por ese sentimiento de gratitud que extrañamente invadía mi cuerpo, gratitud a Dios supongo, por darle respuesta a el problema de mi agonía. Entre a la casa, acomode las compras e hice la comida, un sabroso y sano caldo de pollo sazonado con talio acético, ese día no me preparé nada extra de comer, supongo que la felicidad llenaba mi interior, puse el caldo en una pequeña charola y me encamine a llevársela a mi madre, al llegar al cuarto, por primera vez en meses mi madre no estaba en su cama, no podía entender que era lo que pasaba, ¿Por qué no estaba ahí?, la busqué en lugares tan absurdos como debajo de las cobijas y fue entonces cuando me dirigí al baño y ahí estaba, dentro de la tina, ahogada, inerte, en paz. Empecé a llorar porque no la vi agonizar , porque sabia que murió rápido, porque su expresión era de quietud y tranquilidad, esos ojos que no puedo olvidar.
Como si fuera poco, esa noche me desperté llorando y rompiendo la rutina me levante para ver si mi madre se encontraba bien y la vi ahí, tendida en su cama, tan indefensa. Al amanecer le seque los labios y limpie el balde de vómito con una gran sonrisa en la cara porque ahora se como acelerar al proceso de agonía y muerte de mi madre.